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15 May 2013 @ 01:57 am
[fic] Los niños perdidos de Inglaterra [19/¿?]  
Título: Los niños perdidos de Inglaterra
Fandom: Los Tudor
Pairing: Eduardo Tudor/Jane Grey
Rating: Por favor, estamos hablando de la dinastía Tudor: hay drama everywhere.
Resumen: Eduardo Tudor y Jane Grey son dos niños atrapados en un mundo de adultos para los que no son más que marionetas que usar para alcanzar su propio beneficio. Dos niños que encuentran el uno en el otro lo que necesitan para salir adelante.
Disclaimer: No me pertenece la serie "Los Tudor", ni ninguno de sus personajes... Aunque son personajes que existieron realmente, así que supongo que nadie tendrá los derechos de autor sobre ellos.
Notas: Este fic es claramente post-series, así que no hay grandes spoilers de la misma y se puede leer aunque no hayas visto la serie. El resto de la nota de autora al final del capi por ser algo spoileroso.

15 de Diciembre de 1550

Su respiración era cada vez más entrecortada a la vez que corría por los nevados terrenos que rodeaban la hacienda de sus padres. Aquel era, como había dicho su padre nada más despertar aquella mañana, "un día de perfecto invierno inglés". No era que su padre hubiera visitado otros países aparte de aquel que le había visto nacer hace cerca ya de treinta años, pero otros inviernos no habían sido tan blancos como aquel. Había nevado durante buena parte del día anterior y toda la noche; sin embargo, en aquellos momentos, recién empezada la tarde, tan sólo caían unos ligeos copos de nieve que nada tenían que ver con aquellos que les habían precedido el día anterior.

Era por ello que las hermanas se encontraban jugando por los vastos jardines de la finca. A pesar de correr todo lo deprisa que podía, aunque sin poder evitar que sus pies se quedaran atrapados en la nieve, le daba la impresión de nunca podría alcanzar a su hermana menor. Sólo tras dirigir sus acelerados pasos hacia una parcela de almendros cercanos, Jane pudo ver cómo la ondulada melena roja de Kitty desaparecía tras el tronco de un viejo árbol.

- ¡Voy a pillarte, Kitty! - rió Jane al tiempo que alcanzaba el mencionado árbol y se asomaba al otro lado del mismo, sorprendiendo a su esquiva hermana. - ¡Al fin te encontré!

Kitty dejó escapar una entusiasmada risa y trató de escapar por el otro lado del árbol, pero Jane se interpuso en su camino la primera vez que lo intentó... Y la segunda, y la tercera también. Finalmente se dio por vencida, alzando las manos a la vez que rompía en carcajadas junto a Jane: ambas tenían las mejillas coloradas por el frío y por el ejercicio, pero no recordaban haberlo pasado tan bien desde hace un tiempo. Después de todo, no siempre tenían la oportunidad de disfrutar de una nevada como aquella. Jane dejó escapar un suspiro de cansancio y se apoyó en el tronco del árbol, a la vez que Kitty tomaba asiento en el terreno nevado, haciendo que las faldas de su vestido de invierno verde oscuro la hicieran parecer una flor brotada entre la nieve.

Tanto Jane como Kitty llevaban puestos vestidos de invierno, confeccionados con una tela gruesa a la par que cómoda que mantenía el frío inglés a raya. También llevaban largos abrigos y gorros en sus cabezas, si bien sus padres habían permitido que las tres hermanas salieran a jugar fuera no querían que ninguna de ellas enfermara con una pulmonía por haberse expuesto demasiado al frío invernal.

- ¡Ojalá nevara todos los días, Janey! - exclamó entonces Kitty con una sonrisa, haciendo pequeños dibujos en la nieve con su dedo anular. - ¿No sería magnífico despertarse todas las mañanas y ver que todo el césped está cubierto de un precioso color blanco?

- ¿No echarías de menos la primavera, Kitty? - respuso Jane, dejándose caer por el tronco hasta quedar sentada junto a su hermana, tomando sus manos. - Piensa en todo lo que nos perderíamos: los árboles llenos de flores y frutos, las flores del jardín, el pequeño estanque que hay un poco más allá y que ahora está congelado...

Catherine, de diez años, había dejado escapar un suspiro y cerrado los ojos para perderse en las imágenes que le recordaba su hermana, sin poder evitar que una sonrisa se esbozara en su rostro: ella adoraba la primavera casi tanto como el invierno, y de ninguna manera renunciaría a ella por un invierno eterno – aunque el invierno pareciera durar mucho más que la primavera en aquella zona de Inglaterra -. La mediana de las hermanas Grey se dejó caer de espaldas y comenzó a mover los brazos y las piernas, formando un ángel de nieve a la vez que notaba cómo los pequeños copos de nieve caían en su acalorado rostro. Jane, por su parte, sonrió y se recostó contra el árbol, cerrando también los ojos, disfrutando de aquella maravillosa tarde de juegos. La paz duró poco a ambas hermanas: aún tenían los ojos cerrados cuando oyeron unos apresurados pasos sobre la nieve y apenas habían empezado a reaccionar cuando Kitty Grey recibió el impacto de una bola de nieve en la parte de atrás de su cabeza, provocando la risa de Jane.

- ¡Oh, eso duele! ¡No tiene gracia, Jane! - protestó Kitty mientras se pasaba la mano por la nuca, apartando los trozos de nieve que quedaban en sus cabellos rojizos. Jane, por su parte, se apresuró a ayudarla a levantarse, aún haciendo un esfuerzo por contener la risa.

- Lo lamento mucho, Kitty, te aseguro que no lo veo gracioso... - afirmó Jane apenas conteniendo la risa a la vez que ayudaba a quitar la nieve del cabello de su hermana menor.

- Oh, claro, eso puede verlo hasta un ciego – contestó la accidentada con ironía, mientras se giraba hacia el lugar del cual provenían nuevas risas, mucho menos contenidas que las de Jane Grey. A unos pocos metros de ellas, se encontraba una niñita de cabellos rojizos, igual de abrigada que sus dos hermanas mayores. Kitty esbozó una sonrisa divertida y corrió hacia su hermana menor - ¡Mary Grey, no sabes lo que has hecho!

Dicho esto, se arrojó al suelo para comenzar a formar una bola de nieve a la vez que Mary se apresuraba a hacer lo propio, pero Kitty era mucho más rápida... Y, a pesar de eso, fue Kitty la que volvió a recibir una bola de nieve.

- ¡Ay, pero bueno! - exclamó la muchacha entre indignada y divertida, volviéndose hacia Jane, quien se estaba quitando los restos de nieve de las manos.

- ¡Vamos, Kitty! - rió Jane, echándose a correr a través de la nieve hacia la menor de las hermanas, tomándola de la mano. - Mary tan sólo tiene cinco años, sabes que la tuya no sería una victoria justa: deja que sean dos contra una.

A pesar de lo que habían dicho los médicos, Mary Grey era una niña muy sana dentro de lo que cabía: su espalda seguía estando torcida y su rostro deforme aún seguía siendo motivo de espanto para aquellos que no la conocían, pero Jane y Kitty no podían quererla más. Mientras Jane había sido pupila de Thomas Seymour, Kitty se había encargado de ejercer de hermana mayor de Mary, enseñándola a bailar para que así hiciera algo de ejercicio que beneficiara a su espalda. Jane, por su parte, también se había mostrado siempre cariñosa con la pequeña Mary, leyéndole historias y ayudándola con los deberes que le encargaban las institutrices. Podía ser una niña diferente, pero para sus hermanas, Mary Grey era tan sólo la benjamina de la familia y era una delicia pasar el tiempo jugando las tres juntas.

A todo esto, Kitty se había puesto en pie, echándose el pelo hacia atrás de forma cómica y encogiéndose de hombros:

- Como gustéis, damas, os voy a hacer morder la nieve de todos modos

- ¡Eso habrá que verlo, Catherine! - contestó Jane, antes de volverse hacia Mary, cuya mano mantenía sostenida. - ¿A que sí, Mary?

La pequeña Mary Grey asintió rotundamente con la cabeza y sacó la lengua a Kitty, como punto final a las palabras de Jane. A la pelirroja le costó mucho no reír ante la ocurrencia de su hermana menor, pero hizo como que se arremangaba y se inclinó a recoger nieve con las manos. Mary tiró de la mano de Jane y le hizo señas, indicándole unos arbustos cercanos donde poder ocultarse. Ambas contuvieron una nueva risa y se apresuraron a ocultarse entre los matorrales a la vez que esquivaban la bola de nieve que había lanzado Kitty.

- ¡Me parece que vas a ser tú la que acabe cenando nieve esta noche, Kitty! - gritó Jane asomando levemente el rostro por encima de las hojas cubiertas de nieve de los arbustos. Mary se había cubierto la boca con ambas manos para esconder el sonido de su risa, pero observaba aquel peculiar campo de batalla sin querer perderse ni una sola frase. - ¡No te preocupes, le diremos a mamá y papá que no hace falta que te sirvan la cena!

Kitty Grey, aunque divertida, parecía algo contrariada: observó la nueva bola de nieve que tenía en sus manos, dispuesta a ser lanzada, y miró también al matorral tras el que se ocultaban Jane y Mary: la única manera de acertar a cualquiera de las dos era dirigirse hacia el mismísimo refugio de sus hermanas, no sin antes recibir media docena de bolas de nieve por el camino. Entonces dirigió su mirada al árbol a cuyos pies se encontraban aquellos matorrales y sus labios se curvaron en una sonrisa traviesa: había tenido una idea.

- ¿De veras? - rió Kitty echando el brazo hacia atrás para lanzar la bola. - ¡Eso podréis decírmelo tranquilamente tras la cena!

Dicho esto, lanzó la bola de nieve con todas sus fuerzas, pero Jane vio que se dirigía a un punto demasiado alto como para siquiera rozarlas a ninguna de las dos. Mary ya se hallaba dispuesta a cantar victoria cuando la bola de nieve impactó con fuerza contra una de las ramas del árbol que las cubría, haciendo que toda la nieve que había ido acumulando en ella a lo largo de toda la noche anterior cayera sobre Jane y Mary al tiempo que Kitty daba un salto alzando el puño en señal de victoria. Las cabezas de Jane y Mary emergieron de entre los arbustos, ambas con sus cabellos dorados y rojizos respectivamente casi completamente llenos de nieve. Ante tal visión, Kitty no pudo más y estalló en risas que la obligaron a doblarse sobre sí misma, agarrándose el vientre.

- ¡A por ella! - dijo entonces Jane, poniéndose en pie de un salto y señalando a Kitty.

- ¡Sí! - exclamó entusiasmada Mary Grey, apresurándose a seguir los pasos de su hermana.

Kitty aún se reía demasiado como para poder responder y se limitó a intentar sostener con firmeza las muñecas de Jane, pero pasaron pocos instantes antes de que las dos hermanas cayeran sobre la nieve entre sonoras carcajadas. Jane se incorporó como pudo, secándose las lágrimas que la risa había provocado, y se acuclilló junto a Kitty, quien seguía riendo a más no poder, ligeramente encogida sobre sí. Entonces llegó Mary, quien había estado acumulando nieve sobre la falda de su vestido, el cual ahora sostenía por los bajos para poder llevar toda la carga, y dejó caer ese montón de nieve sobre las rodillas de Kitty, quien se apresuró a lanzarse sobre ella a hacerle cosquillas. Jane sonrió y se unió a aquella nueva batalla, feliz por estar disfrutando de aquellos juegos en la nieve. Normalmente dedicaba tardes nevadas como aquella a leer tranquilamente junto a la chimenea, pero tenía que reconocer que se estaba divirtiendo mucho en compañía de sus hermanas.

Pasaron varios minutos llenos de juegos y risas hasta que Jane se incorporó, quitándose la nieve que se había pegado a las faldas de su traje de invierno, conteniendo la risa como podía mientras sus dos hermanas seguían batallando entre la nieve.

- Vamos, Kitty, y tú también, Mary... - empezó a decir intentando llamar la atención de sus hermanas, quienes, tras unos momentos la miraron con los ojos abiertos de par en par y la boca ligeramente entreabierta, desconcertando un poco a Jane. - ...Eso está mejor, será mejor que volvamos a la casa, prometimos a nuestros padres estar de regreso para la hora de la merien...

Sus palabras se vieron interrumpidas cuando alguien le tapó los ojos desde atrás, provocando que la muchacha diera un pequeño brinco debido a la sorpresa y sujetara dichas manos con las suyas. Podía oír las risas de sus hermanas pequeñas y cómo cuchicheaban entre sí, completamente emocionadas. Una vez que se le hubo pasado el susto, Jane palpó con cuidado las manos que le cubrían los ojos: estaban envueltas por unos guantes de invierno de una piel muy suave a la par que delicada, desde luego no unos guantes que pudiera llevar cualquier persona. Una amplia sonrisa se esbozó en su rostro y los latidos de su corazón se aceleraron al adivinar la identidad de aquella persona: aunque sabía que iba a acudir a visitar la hacienda de los Grey aquella semana, no contaba con que fuese ese mismo día.

- ¡Eduardo! - exclamó Jane, apartando sus manos de su rostro y dándose la vuelta para encontrarse con los ojos grises y la expresión divertida del joven rey de Inglaterra, quien la abrazó con tanta efusividad que levantó a la muchacha varios centímetros del suelo, haciéndola girar un par de veces bajo la nieve. Una vez los pies de Jane tocaron de nuevo el lecho nevado, la muchacha besó al monarca en la mejilla antes de separarse de él lo suficiente como para poder entablar una conversación. - ¡Qué alegría veros aquí, no pensé que llegaríais hoy con este tiempo!

- ¿Cuándo he faltado a mi palabra, mi lady Jane? - respondió el joven con una sonrisa y una pequeña reverencia. - Además, un poco de nieve nunca ha hecho ningún mal a nadie, y yo no estoy hecho de porcelana...

Jane puso los ojos en blanco y negó con la cabeza, mientras contemplaba a su amigo con expresión divertida: Eduardo, su viejo amigo Eduardo. Aunque habían pasado bastantes años como para que la joven se acabara de hacer a la idea, aún le costaba creer que su amigo fuera realmente rey de Inglaterra: aunque Eduardo Tudor sabía cómo comportarse en la corte y poseía toda la solemnidad que su cargo requería, pero al mismo tiempo seguía siendo un adolescente de trece años que apenas había comenzado a vivir y quería disfrutar de cada segundo del día.

- Me alegro de veros, de verdad... - acabó diciendo Jane, saliendo de sus pensamientos y apoyando su mano en el hombro del chico.

- Y yo de veros a vos, a las tres... - habló Eduardo dedicando una mirada a las hermanas Grey que seguían jugando en la nieve.

Aunque su amigo aún no había podido fijarse bien en Kitty y Mary, Jane no pudo evitar que la invadiera un sentimiento de ansiedad que le costaba ocultar: no había reparado en ello hasta aquel momento, pero Eduardo nunca había conocido a Mary en persona. Debido a sus características físicas, Mary Grey siempre había sido fruto de miradas curiosas y cuchicheos entre las visitas que recibía el matrimonio Grey en su finca: siempre que era posible, ocultaban a la benjamina de la familia mientras las visitas permanecían en la casa, pero otras veces no era posible actuar con celeridad. Mary sólo tenía cinco años y ya sabía lo que era ser rechazada por la sociedad, quien la contemplaba con repulsión y lástima a partes iguales. En una desdichada ocasión incluso había sido considerada como un castigo de Dios por un eclesiástico que visitó a la familia, comentario que hizo llorar a la pequeña: ni Henry Gray ni Frances Brandon dijeron una sola palabra en defensa de su hija.

Era por ello que, aunque Jane conocía bien a Eduardo, temía que el muchacho no pudiera evitar una expresión desafortunada que hiciera que la pobre Mary se sintiera desdichada e incómoda.

- Es un placer volver a veros a vos también, lady Kitty... - dijo Eduardo avanzando finalmente hacia las dos hermanas menores de Jane, quienes pasaron a dedicarle toda su atención al joven monarca, y quitándose el sombrero – de invierno, forrado de terciopelo negro y con detalles de armiño – para inclinarse levemente ante las niñas.

La mencionada niña se puso en pie de inmediato, realizando una profunda reverencia e intentando ocultar el rubor de sus mejillas y la sonrisa inquieta que luchaba por dibujarse en su rostro. Al lado de Kitty, aún arrodillaba sobre la nieve se encontraba Mary, quien aún parecía no poder creer que el rey de Inglaterra estuviera allí realmente, en su casa. De repente pareció avergonzarse y agachó la cabeza, de modo que Eduardo no pudiera verle el rostro. El adolescente percibió la incomodidad de la pequeña y se acercó a ella, acuclillándose en la nieve para quedar a su misma altura.

- Y vos debéis ser la benjamina de la casa, lady Mary... - dijo Eduardo con afecto, buscando la mirada huidiza de la niña.

Tanto Jane como Kitty tenían el corazón en un puño, pues conocían las malas experiencias que había tenido Mary con los desconocidos en el pasado: ambas querían mucho a su hermana y sólo deseaban para ella lo mejor, esperaban que la niña pudiera comprender que no todo el mundo iba ser cruel o maleducado con ella y que ella merecía ser feliz, al igual que el resto de las personas. Algo en la voz de Eduardo debió calmar a Mary, pues volvió con cuidado su rostro hacia él, aún como temiendo que se pusiera a gritar o que la mirara horrorizado... Pero nada de eso ocurrió: el muchacho dedicó una nueva sonrisa a la pequeña e inclinó la cabeza ante ella.

- Puesto que es la primera vez que tengo la fortuna de veros, es un verdadero placer conoceros, lady Mary, vuestras hermanas me han hablado mucho de vos... - continuó diciendo el rey, alzando de nuevo el rostro hacia la pequeña.

- Estábamos haciendo una guerra de nieve, Jane y yo contra Kitty, pero ella nos ha ganado – dijo Mary Grey con voz menuda y aún cohibida por la timidez. - Y eso que Jane es muy lista, lee muchos libros

Tanto Eduardo como Jane y Kitty dejaron escapar una breve risa al oír el comentario de la pequeña Mary.

- Yo también leo muchos libros – dijo Eduardo a Mary, una vez que se le hubo pasado la risa.

- Claro que sí, sois el rey – contestó Mary Grey, muy segura de sí misma. - Debéis ser el chico más listo de Inglaterra

Ante tal comentario, Eduardo esbozó una sonrisa divertida e hizo un gesto con la mano que venía a decir "más o menos". Unos cuantos pasos atrás, Kitty se cogió al brazo de Jane, satisfecha de ver a Mary llevarse tan bien con el recién llegado: cuando Jane había estado bajo la tutela de Thomas Seymour, ella había hecho lo posible por ser una buena hermana mayor para Mary y se sentía muy responsable de ella.

- ¿Sabéis una cosa, lady Mary? - preguntó entonces Eduardo a Mary, quien negó inmediatamente con la cabeza, haciendo que sus rizos rojizos bailaran en torno a su rostro. - Sois la niña más bonita que he visto jamás, la más bonita de toda Inglaterra... No dejéis nunca que nadie os diga lo contrario...

La pequeña Mary esbozó una sonrisa agradecida y echó sus brazos alrededor del cuello de Eduardo, quien le devolvió el abrazo con cariño y, pasados unos instantes, se incorporó cuidadosamente sosteniendo aún a la niña en brazos y acercándose de nuevo hacia Jane y Kitty.

- Bueno, por fin puedo decir que conozco personalmente a las tres hermanas Grey – afirmó Eduardo, haciendo que tanto Jane como Kitty le sonrieran agradecidas por su trato hacia Mary. El joven rey se había comportado con la pequeña tan naturalmente como con cualquier otra persona: a cada día que pasaba, Jane se convencía aún más de que Inglaterra era una nación afortunada al tener un rey como Eduardo Tudor. - Y me temo que me veo en la obligación de recordaros que ninguna guerra es justa cuando el número de los combatientes es tan desigual

Jane rió ante el comentario de Eduardo, mientras que Kitty puso los brazos en jarra y afirmó, muy dignamente:

- Majestad, yo he sido la vencedora aún teniendo dos contrincantes en lugar de uno solo, lo que hubiera sido más justo

Eduardo sonrió a Kitty y asintió:

- Es por eso que, si me lo permitís, pido otra oportunidad en nombre del honor de lady Mary Grey – manifestó el joven rey aún con Mary en brazos, quien asintió rotundamente a las palabras del adolescente, deseosa de una nueva ocasión de verse involucrada en una batalla de nieve. - Vos y lady Jane contra lady Mary y yo mismo, ¿aceptáis el desafío o huís?

La mayor de las hermanas esbozó una media sonrisa y se cubrió los labios ligeramente con la mano, viendo cómo el orgullo de Kitty se veía herido y la muchacha actuaba en consecuencia. Mary observaba toda la escena aún rodeando el cuello de Eduardo con sus bracitos, muy contenta de tener por aliado al rey de Inglaterra. Jane decidió tomar partido en aquella situación.

- Catherine... - dijo la joven posando su mano sobre el hombro de Kitty: únicamente la llamaba así en situaciones serias y aquella situación tan divertida que Eduardo había creado para Mary pedía a gritos que se usara el nombre de Catherine. - ¿Vamos a permitir que nuestro honor quede en entredicho?

- ¡Jamás! - proclamó Kitty estrechando la mano de su hermana mayor y girando de nuevo el rostro hacia Mary y Eduardo, a quien cada vez le costaba más disimular la risa. -¡Vamos Jane! Después de todo, alguien va a acabar cenando nieve esta noche...

- ¡Kitty! - intentó reñir Jane a su hermana, aunque no pudo esconder una risa. A Eduardo nunca le había importado que ninguna de las hermanas Grey le llamaran "majestad", después de todo, él mismo le había pedido a Jane que no le llamara así, varios años atrás; pero aún así, a Jane le había sorprendido el modo de Kitty de dirigirse a él.

- ¡A por ellas! - exclamó la pequeña Mary, alzando un puño en el aire.

Fue Kitty la que no perdió el tiempo: prácticamente se arrojó al terreno nevado y elaboró una bola de nieve que impactó en la espalda de Eduardo, ya que el muchacho había sido lo bastante rápido como para girarse e impedir que la bola le diera a la pequeña Mary en el rostro. La pelirroja niña dejó escapar un bufido de fastidio y comenzó a hacer otra, bajo la mirada divertida del rey de Inglaterra.

- ¡Vais a tener que hacerlo mucho mejor, lady Kitty! - exclamó el joven, sujetando a una risueña Mary en sus brazos. - Me temo que lady Mary os lleva ventaja en esto de batallar entre la nieve...

- No te preocupes, Kitty, voy a ayudarte – dijo Jane, poniéndose de rodillas junto a su hermana y ayudándola a formar una nueva bola que lanzar: le estaba divirtiendo mucho aquella situación, estaba con sus hermanas y su mejor amigo jugando a la guerra de bolas de nieve en una preciosa tarde de invierno, ¿qué más podía pedir? - Ya verás cómo juntas lo...

La frase de la joven Grey se vio interrumpida cuando un montón de nieve aterrizó sobre las faldas de su vestido, salpicándola con fuerza en el rostro y haciendo que dejara escapar un pequeño grito de sorpresa. No tardó en oír la dulce risa entusiasmada de su hermana Mary, quien incluso se encontraba dando pequeñas palmadas con las manos aún con restos de nieve, y Eduardo, por su parte, intentaba evitar que una sonrisa se reflejara en su rostro al mismo tiempo que se encogía de hombros, en un mudo gesto de disculpa.

- ¡Te vas a enterar, Eduardo! - exclamó Jane con el ceño fruncido, poniéndose en pie y haciendo que finalmente el chico estallara en carcajadas: la muchacha ya había olvidado incluso tutearle y estaba decidida a ganar esa afrenta. - ¡Lánzale una, Catherine!

- Oh, oh – dijo el joven a la benjamina de las hermanas como si se tratara de una pequeña confidencia. - Jane y Catherine van a hacer uso de sus más poderosas armas, ¿deberíamos considerar la retirada, milady?

- ¡Jamás! - río Mary alzando de nuevo su pequeño puño y provocando nuevas risas de los allí presentes.

Así, los niños volvieron a lanzarse nuevas bolas de nieve y estuvieron corriendo por el terreno, ocultándose tras árboles y arbustos, recogiendo nieve de todas partes y arrojándoselas ya sin siquiera intentar darles forma, totalmente invadidos por la diversión y la euforia del momento. Únicamente se refugiaron en el calor del hogar cuando los padres de las niñas y los guardias que habían acompañado a Eduardo hasta la hacienda de la familia Grey hicieron saber a los muchachos que ya hacía demasiado frío como para seguir jugando fuera. Después de aquellos momentos de juegos en la nieve, todos entraron en la casa con las ropas y el cabello con restos de nieve. A excepción, por supuesto, de la pequeña Mary, a quien habían declarado vencedora absoluta.


Eduardo se disculpó educadamente con Henry y Frances Grey por las molestias que su visita había podido causar, así como por entretener tanto tiempo a sus tres hijas fuera de la casa, con el mal tiempo que hacía. El matrimonio Grey afirmó reiteradas veces al joven monarca que tales disculpas no eran necesarias, al contrario, se hallaban muy dichosos de contar con su presencia en la hacienda familiar. Desde donde se encontraba, sentada frente a la chimenea del salón principal, Jane pudo ver que Eduardo aún quería pedir perdón por los restos de nieve que habían arrastrado consigo al entrar a la casa, pero Frances Grey no admitió ninguna disculpa. Con una amplia sonrisa, volvió a agradecer a Eduardo Tudor su visita. Entonces mandó a Mrs. Ellen a que llevara a Kitty y Mary a su habitación, donde podrían cambiarse, entrar en calor con la chimenea del piso superior y seguir sus lecciones con su institutriz. Referente a Jane, la mujer no dijo nada, sino que invitó a Eduardo a entrar en el salón donde se encontraba la muchacha y dijo que mandaría que les trajeran algo de merendar.

Jane Grey, quien se había cubierto con una fina manta para entrar antes en calor, sonrió al ver a Eduardo acercarse a ella quitándose el sombrero y apartando con cuidado los pequeños copos de nieve que había en él.

- Jamás os había oído disculparos tantas veces seguidas – señaló la muchacha con una sonrisa y apartándose un poco para que Eduardo se pudiera sentar junto a ella y entrar en calor. - Podría juraros que mi madre jamás hubiera pensado que un rey de Inglaterra le pediría perdón por algo y de manera tan reiterada, además...

- Seas rey o no... – comenzó a decir el joven, tomando asiento junto a Jane y dejando el sombrero a un lado. - ... Ante todo una persona debe mostrarse educada a su anfitrión. Jane, no podía dejar vuestro vestíbulo lleno de nieve y pretender que mis acciones pasaran inadvertidas... Y quizás no debía haber entretenido a vuestras hermanas tanto tiempo, aún son muy pequeñas y podrían enfermar...

Apenas había terminado de pronunciar estas palabras cuando Eduardo estornudó con fuerza, haciendo que Jane riera.

- Aunque no estéis hecho de porcelana, seguís siendo un muchacho como los demás, Eduardo, en todos los sentidos posibles – afirmó Jane. - Y os agradezco mucho el trato que habéis tenido con mis hermanas, especialmente con Mary... Me temo que no recibe toda la amabilidad que debería...

Ambos guardaron silencio durante unos instantes antes de que Jane volviera su mirada azul hacia Eduardo y le tendiera parte de la manta que la cubría.

- Puedo bromear al respecto, pero ese estornudo no ha sido una buena señal – dijo la muchacha, haciéndole pequeñas señas para que se acercara. - Vamos, venid conmigo, esta manta es lo suficientemente grande para ambos...

Eduardo miró a su amiga y vaciló: la mera propuesta de Jane había servido para que se pusiera levemente nervioso y no sabía por qué. De repente se encontraba pensando si sería decoroso hacer algo así o si los padres de Jane se molestarían por una actitud tan excesivamente cercana... La verdad era que no sabía por qué se planteaba siquiera esas cuestiones: Jane siempre había sido su mejor amiga, habían crecido juntos y se habían encontrado en situaciones idénticas a esa prácticamente todos los inviernos de sus vidas. Ese ofrecimiento no era diferente, ni siquiera sabía por qué se había ruborizado levemente ante las palabras de Jane.

El muchacho se acercó a Jane y ésta lo cubrió con cuidado con la parte izquierda de la manta, prestando atención a envolverlo bien antes de volver a dirigir su mirada al danzante fuego del hogar, apoyando con cuidado el rostro en el hombro de Eduardo. Había tantas cosas que quería preguntarle: aunque habían tenido muchas ocasiones de hablar desde que volvieran a verse en aquel torneo de justas, sentía como si nunca pudieran acabar de ponerse al día de todo lo que les había sucedido. Además, Jane aún no sabía cómo preguntarle sobre lo que para ella era realmente importante: sentía verdadera curiosidad por Barnaby Fitzpatrick, viejo compañero de juegos de la infancia de ambos, quien le había pedido su favor en las justas y le había brindado la victoria. La muchacha no podía evitar que el rubor acudiera a sus mejillas tan sólo al recordar ese momento.

Barnaby era ahora un joven muy atractivo que había llamado la atención de muchas jóvenes de la corte... Pero Jane no podía evitar emocionarse al pensar que había sido a ella, y sólo a ella, a la que había pedido una prenda que llevar consigo en el torneo de justas por el aniversario de Eduardo... Y pensar que la última vez que lo había visto antes del torneo era cuando apenas eran dos niños pequeños.

- Se hace un poco extraño, ¿no creéis? - murmuró Jane, casi más para sí misma que para Eduardo, mientras contemplaba distraída el danzar de las llamas en la chimenea.

- ¿A qué os referís? - preguntó el rey, volviendo el rostro hacia ella, quien alzó igualmente la mirada hacia él.

Jane negó con la cabeza y sonrió, dejando escapar un suspiro: como si no quisiera darle demasiada importancia a lo que iba a decir.

- El cómo vuela el tiempo sin que nos percatemos de ello... Y aún así me parece que fuera ayer cuando eráis el príncipe de Gales y no el rey de Inglaterra - contestó ella, pasando su dedo índice por el cabello pelirrojo de Eduardo. - Recuerdo que teníais el cabello lleno de bucles rubios antes de que adoptara este tono rojizo, pero vuestros ojos grises no han cambiado: conseguisteis ganaros mi amistad en un tiempo en que pensaba que todos los niños eran rematadamente estúpidos

Eduardo rió ante las palabras de Jane, sin apartar su mirada de ella:

- Pues vos debéis saber que no habéis cambiado en absoluto – afirmó el muchacho, dando a la joven un leve toque en la nariz. - Las mismas pecas en vuestro rostro, el mismo cabello dorado y los ojos azules más claros que he visto en toda mi vida... - Jane sonrió y agachó la mirada durante unos instantes. - Pero sí tenéis razón en que han cambiado muchas cosas... Muchísimas si nos detenemos a pensar en ellas...

El ambiente distendido y animado que había en la alcoba dio paso a un aura de nostalgia y melancolía que recorría las mentes y los corazones de los dos jóvenes: ambos habían adoptado una expresión más, recordando aquellos momentos felices del pasado que ahora quedaban muy atrás en el tiempo, aquellos que eran irrecuperables dadas las circunstancias, y también aquellos momentos tristes que los habían marcado profundamente. Jane recordó con tristeza la sonrisa de Catalina Parr y cómo ésta siempre la alentaba a seguir cultivando su inteligencia y su pasión por la lectura: la viuda de Enrique VIII siempre tuvo fe en ella, incluso cuando los propios padres de la chica parecían no tenerla. Por su parte, Eduardo recordaba los tiempos en los que sólo era el príncipe de Inglaterra: recordaba a su padre y las visitas que le hacía de vez en cuando, lo ilusionado que se sentía cada vez que el rey iba a verle; recordaba tardes de juegos con sus dos hermanas, en vez de sólo con Isabel... Y también otros momentos no tan felices como los anteriores.

Buscando su apoyo mientras su mente se veía invadida por recuerdos del pasado, Jane deslizó su mano sobre la de Eduardo, entrelazando con cuidado sus dedos con los de él, quien respondió a su gesto apretando levemente la mano en señal de ánimo. La joven volvió la mirada hacia su amigo, quien parecía perdido en sus pensamientos y, por la expresión de su rostro, no debían ser pensamientos nada reconfortantes. Observándole, Jane se dio cuenta de que Eduardo tenía una pequeña marca en la mejilla, como una leve cicatriz de una herida pasada. Extrañada, la joven hizo memoria, intentando acordarse de cómo su amigo podría haberse hecho daño... Con su corazón dando un vuelco, recordó aquella tarde lejana en el tiempo: ambos eran niños, estaban solos en una habitación casi a oscuras y Eduardo lloraba: recordaba el incidente de su amigo con uno de sus tutores, quien le había abofeteado dejándole un corte en la mejilla por el anillo que éste llevaba en la mano.

Jane irguió la cabeza y besó la mejilla de Eduardo allí donde tenía aquella herida, un beso que fue apenas un leve roce pero que bastó para que el joven cerrara los ojos y apretara con más fuerza la mano de su amiga.

- ¿Qué os preocupa, Eduardo? - quiso saber la muchacha, separándose un poco de él para poder contemplar mejor la expresión de su rostro, ahora algo apagada.

- Pensaba... - empezó a decir el joven, aún perdido en sus pensamientos. Pasaron unos segundos más hasta que finalmente agachó la mirada y tomó aire. - Estaba pensando en María...

Jane esbozó una triste sonrisa y se mordió el labio inferior: el de María Tudor era un tema delicado para todo el mundo, pero aún más para Isabel y Eduardo Tudor, sus hermanos. La primogénita de Enrique VIII había cumplido ya los veintiún años cuando nació su esperadísimo hermano varón: al igual que en el presente, María anhelaba la idea de encontrar el amor, contraer matrimonio y tener su propia familia. Conforme veía que iban pasando los años y sus deseos no se hacían realidad, fue apenándose y convirtiéndose en una joven triste y distante... Entonces llegó Eduardo.

Muchas damas de la corte habían hablado de cómo las lágrimas habían agolpado los ojos azules de María cuando pudo sostener a su hermano pequeño en brazos y cómo sonreía al contemplar aquel pequeño bebé recién llegado al mundo, quien agitaba levemente sus manitas haciendo que la joven dejara escapar una risa emocionada. Desde entonces, Eduardo siempre había sido para ella alguien muy especial y querido para ella: era su hermano pequeño, pero era también como el hijo que ella tanto deseaba tener. Por lo tanto, conforme habían ido pasando los años, María y Eduardo habían tenido una relación muy estrecha, pasaban mucho tiempo juntos y siempre se protegían el uno al otro. Jane sonrió al recordar cómo Eduardo, a pesar de ser veinte años menor que su hermana, intentaba ejercer de hermano mayor con María y protegerla a su inocente manera.

Todo esa relación, ese afecto y cariño que siempre había existido en los hermanos había cambiado desde que Eduardo se convirtió en rey de Inglaterra: no había sido algo que ocurriera de repente, sino gradualmente, María se había ido distanciando no sólo de Eduardo, sino también de Isabel. En su día, María Tudor se había mostrado enérgicamente contraria a que su hermano menor fuera educado por aquellos que ella consideraba herejes y bajo la fe protestante que su padre había traído a Inglaterra. Sin embargo, la joven creía que aquello cambiaría cuando Eduardo fuera rey, que devolvería a Inglaterra al catolicismo, la que ella consideraba la verdadera religión... Pero no fue así y todo el cariño que María podía haber sentido hacia sus hermanos se había tornado en frialdad e indiferencia. Se había alejado de la corte y vivía en su propia hacienda, con la única compañía de sus criadas, mientras rezaba por la salvación de las almas de sus dos hermanos herejes.

Esto no era un secreto para nadie, pero Jane no creía que mucha gente se hubiera parado a considerar lo que eso había sido para Isabel y Eduardo. Puede que sólo advirtieran que María declinaba todas las invitaciones a celebraciones en la corte de su hermano, pero no el dolor que este rechazo provocaba en los corazones de Isabel y Eduardo, él quien siempre había tenido tanto afecto a su hermana, verse de repente rechazado por ella de aquella manera. Debía de ser algo descorazonador, Jane no podía imaginarse en una situación semejante con Kitty o Mary.

- En fin... - murmuró Eduardo, pasándose los dedos por los párpados en señal de cansancio y tomando aire una vez más antes de volverse hacia Jane, intentando esbozar una sonrisa. - Hay algo que quería enseñaros...

- ¿A mí? - se sorprendió Jane, esbozando una sonrisa al ver cómo la ilusión parecía brillar en los ojos de su mejor amigo. - ¿Por qué no lo habéis mencionado hasta ahora? ¿Qué es?

- Cada cosa en su momento, mi lady Jane – contestó el muchacho con una risa mientras se ponía en pie, depositando su parte de la manta que lo había estado cubriendo sobre los hombros de Jane. - Esperad aquí, lo he traído conmigo: no podía esperar a conocer vuestra opinión...

- ¿Mi opinión? - dijo la joven algo confusa: ¿a qué podía estar refiriéndose Eduardo al hablar de aquella manera tan misteriosa?

Pero Eduardo no le dijo nada, sino que se limitó a caminar hasta la entrada de la estancia y y llamar a uno de los guardias que le habían acompañado hasta la hacienda de los Grey. Con él intercambió unas cuantas palabras que Jane no pudo escuchar: el soldado se marchó para regresar al poco tiempo con algo que parecía una especie de archivo, que entregó con una reverencia al joven rey. Apenas el guardia se hubo marchado, Eduardo ya se encontraba de nuevo junto a Jane, tomando asiento junto a ella frente a la chimenea.

- Eduardo, ¿se puede saber qué os traéis entre manos? - quiso saber Jane, apartando un mechón de cabello dorado y colocándolo detrás de su oreja.

El joven le tendió lo que le había traído el guardia: ahora que lo veía más de cerca, parecía una especie de libro. La chica alzó la mirada hacia su amigo, quien volvió a ofrecerle aquel presente con una sonrisa. Finalmente, Jane tomó con cuidado lo que Eduardo le ofrecía, casi con cariño: desde su más tierna infancia había adorado la palabra escrita y cuidaba a sus libros con tanto empeño y afecto que aquella vez no fue diferente. Los libros, el poder adquirir nuevos conocimientos con los que enriquecer su alma, lo eran todo para ella y Eduardo lo sabía, ya que él poseía la misma naturaleza inteligente y curiosa.

Jane abrió el libro y vio que la primera página estaba llena de ilustraciones relacionadas con temática de índole religiosa, formando un marco dentro del cual se podían leer palabras como "sacramentos", "oraciones", "liturgias"... La muchacha siguió pasando páginas, invadida por la curiosidad: aunque tenía una corazonada, no podía creer que lo tenía en sus manos fuera realmente lo que estaba pensando.

- Eduardo, ¿qué es esto? - preguntó la joven con cierta ansiedad, a la vez que miraba a su amiga, que observaba las reacciones de la chica conteniendo como podía una sonrisa divertida.

- Esto, mi lady Jane, es el libro de oración común... - dijo Eduardo, haciendo que la joven retrocediera hasta volver a la página de las ilustraciones iniciales. - Desde que mi padre nos separó de la iglesia de Roma, no hemos contado con un libro fundacional por el que la Iglesia de Inglaterra pudiera guiarse y éste... - añadió el chico señalando el ejemplar que Jane tenía en sus manos – es el instrumento de la Reforma que soluciona ese problema. De ahora en adelante se utilizará éste y sólo éste...

Mientras Eduardo seguía hablando, Jane había leído todo el texto de la portada, el cual indicaba que el libro de oración común había sido redactado por Thomas Cramner, bajo el reinado de Eduardo VI de Inglaterra. Las siguientes páginas estaban dedicadas por entero a la traducción de las oraciones y ritos del latín al inglés, también se encontraban señaladas las modificaciones de la nueva Iglesia de Inglaterra con respecto al Catolicismo de Roma... Era un documento de moderada extensión que parecía agrupar la solución a todas las dudas religiosas que habían inundado el país desde hacía tiempo, lo que había provocado todo tipo de altercados y hechos brutales. Todo por no tener más guía que aquello que fuera proclamado por el rey de Inglaterra respecto a asuntos muy concretos. Ese libro lo cambiaba completamente todo: introducía la Reforma en una etapa, la hacía crecer y se estabilizaba. Y todo ello bajo el reinado de Eduardo, era algo impresionante.

- Jane... - oyó la joven decir a su amigo, mientras ésta seguía pasando páginas, cada vez más asombrada por lo que veía y sintiendo más irritación en los ojos. - Jane, ¿os encontráis bien?

La muchacha alzó la mirada vidriosa hacia Eduardo y esbozó una sonrisa emocionada: no sabía qué decir, se encontraba tan feliz y orgullosa que apenas podía pronunciar palabra. Dejando el libro a un lado, se echó a los brazos de su amigo, abrazándole con fuerza durante unos instantes que únicamente terminaron cuando Jane se separó de él, no sin antes tomarle el rostro para besarle largamante en la mejilla.

- ¡Jane! - rió Eduardo al ver la reacción de la muchacha. - ¿Se puede saber qué os ocurre?

- Me siento tan orgullosa de vos... - confesó ella mientras sostenía el libro contra su pecho. - Lo que habéis hecho para la Reforma es tan grande que ahora mismo me siento sin palabras... ¿No lo veis, Eduardo? Lo estáis consiguiendo. Todos los temores y dudas que el pueblo y vuestro consejo pudiera tener al ser vos tan joven, si es que quedaban alguno, seguro han desaparecido con la aparición de este libro... - Jane no pudo contener una risa que hizo que finalmente se le saltaran las lágrimas. - Lo estás logrando, Eduardo: estáis siendo el rey que siempre supe que seríais...

Dicho esto, Jane tomó la mano de Eduardo y la besó con devoción en un gesto de respeto y pleitesía: siempre le veía únicamente como su amigo, su mejor amigo, pero ahora que le veía crecer como rey de una de las naciones más poderosas de la Tierra no podía evitar emocionarse. Quedaban atrás esos tiempos oscuros de confusión e idolatría para las gentes de Inglaterra.

- Eduardo, estáis siendo todo lo que Inglaterra siempre soñó que seríais: un monarca que continuara con las reformas establecidas por vuestro pero, al mismo, tiempo... - añadió Jane sin soltar la mano de Eduardo ni por un solo momento. -... Al mismo tiempo, sois tan diferente de él: no sois tempestuoso ni vehemente; gobernáis nuestro país con sabiduría, justicia y compasión... Eduardo, sois amable, gentil y bueno, y yo... Yo no podría sentirme más orgullosa de vos...

Las palabras de Jane habían conseguido que el brillo emocionado que había precedido a las lágrimas en el rostro de la muchacha se viera reflejado también en el joven monarca, quien se mordía levemente el labio inferior mientras sostenía la mirada azul de su mejor amiga. Sabía aquella noticia sería muy importante para ella, pero nunca imaginó que eso la haría tan feliz y la haría sentirse tan orgullosa de él: aquello era mucho más de lo que el muchacho creía merecer. Finalmente, Eduardo dejó escapar el aire y se limpió los ojos con la manga de su traje, a la vez que trataba de recomponerse.

- Me alegra veros tan feliz, mi lady Jane – dijo el joven tras una pausa. - De corazón, es más importante de lo que puedas imaginar...

La muchacha esbozó una sonrisa y volvió a abrazar a su amigo con cariño contra sí, apoyando su barbilla en el hombro de él: aún quería saber cosas sobre Barnaby, cómo había llegado a ser caballero y cuál era su actual situación en la corte, pero aquella noticia había logrado conmoverla mucho.

- Os quiero mucho, Eduardo – habló Jane tras unos instantes de silencio, mientras seguía abrazando a su amigo. - Sois mi mejor amigo, siempre habéis sido mi mejor amigo, y me alegro tanto por vos... Os quiero muchísimo...

Y ahí estaba otra vez: Eduardo volvió a sentir aquella sensación extraña en el pecho, similar a la que había sentido cuando Jane le había besado en la mejilla hacía apenas unos instantes pero a la que no había dado importancia. Era algo extraño, como una especie de calor que se extendía por su corazón... Desconocía de qué se trataba, no recordaba haber sentido nunca nada similar. Dejando esos pensamientos a un lado, el muchacho le devolvió el abrazo a Jane.

- Y yo también a vos – contestó Eduardo, ignorando aún el verdadero significado que ocultaban sus propias palabras.


NdA: ¡Hola de nuevo!

En este capítulo quería destacar un hecho muy importante en el reinado de Eduardo Tudor: el libro de oración común. Podría decirse incluso que fue el hecho más importante ocurrido bajo su reinado a nivel de reformas. Este instrumento religioso de la Reforma supuso un gran cambio en Inglaterra y también en las relaciones de Eduardo con su hermana María – como os podéis imaginar -. De hecho, el libro de oración común sigue utilizándose en la actualidad en la Iglesia Anglicana de Inglaterra.

También es el capítulo en el que Eduardo conoce al fin a Mary Grey, hermana menor de Jane, a la que sus padres en un principio trataron de ocultar aunque finalmente, y al igual que sus hermanas, fue presentada en la corte.

¡Y estos adolescentes empiezan a tener ciertos feelings! Mientras Jane aún sigue en una nube tras su reencuentro con Barnaby Fitzpatrick en el torneo de justas por el cumpleaños de Eduardo, el homenajeado empieza a sentir una serie de cosas por Jane que aún ignora, tanto lo que son como lo que realmente significan... Lo único que sabe con certeza es que esa sensación sólo se produce cuando Jane está cerca de él y que en esos momentos, aunque confuso, no podría sentirse más dichoso.

Pero mucho me temo que Barnaby Fitzpatrick no va a ser el único que despierte ciertas cosas en los protagonistas de nuestra historia, todo se andará ;). Mil gracias por seguirme hasta aquí, de corazón, para mí es todo un honor.

 
 
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seelphy: derek&karenseelphy on June 8th, 2013 01:21 pm (UTC)
Una semana después de lo prometido... ¡Ya estoy aquíiiiii! :D Siento el retraso, pero bueno, ya sabes como son las cosas de los estudios... (siento si me sale corto el review, pero tengo que irme a estudiar en breve... sniff).

Me encanta todo el principio, con todo nevado, Jane y Kitty jugando en la nieve y.. POR FIN, tenemos a Mary por ahí, jugando con sus hermanas. Me encanta lo cariñosas que son las dos con ella, y lo bien que se llevan :) Y lo de la guerra de bolas de nieve es adorable <3 hace siglos que no participo en una cosa así, desventajas de vivir en sitios donde nieva más bien poco xDDD

Y dioooos, he soltado un chillido cuando ALGUIEN ha aparecido y le ha tapado los ojos a Jane, y síiiiii, era él, WIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIII. Eduardo :D <3333

Me gusta mucho ver cómo Kitty y Jane tienen miedo de la reacción que pueda tener Eduardo al ver a la pequeña Mary, pero no tienen de qué preocuparse porque es adorable: - Sois la niña más bonita que he visto jamás, la más bonita de toda Inglaterra... No dejéis nunca que nadie os diga lo contrario... --> es para achucharle y no soltarle nunca <3

Y luego se pone a jugar con ellas, aaawwwwsss, les adoro. Me encanta que éste sea un capítulo feliz y sin drama :D que se merecen algo de paz!!!

Y bueno, cambio de escena y vemos como los Grey dejan intimidad a Jane y Eduardo... no se os notan vuestras intenciones... ¡Qué vaaaaaaa! Y él disculpándose por llenarlo todo de nieve, anda que su padre iba a disculparse por algo así... por dios, como se nota la diferencia entre los dos!!!! Y bueno, el momento manta es lo más amor y shipeable del mundoooooo.

Pero dios, Jane sigue fangirleando a Barnaby y eso NO LO APRUEBO, sobre todo porque se va notando que Eduardo se siente tenso y nervioso con la cercanía a Jane y ya sabemos los motivos de esa reacción, pero Jane parece que no se da cuenta ¬¬.

Y bueno, te lo digo otra vez, adoro lo bien ambientado que tienes todo el fic, teniendo en cuenta los acontecimientos de la época y lo del libro de oración es genial, sobre todo si dices que es el que sigue usándose en Inglaterra, me hace ilusión :)

Y args, no he dicho nada sobre Maria, pero me desquicia lo huraña que se ha vuelto con la sociedad y sus hermanos, y eso que les considere herejes... por favoooor! Es una pena que las cosas fueran así, con lo bien que se llevaban los tres al principio.

En fin guapa, que me ha encantado el capi :) y siento el retraso!!!

Besooooos